Registrado: 13 May 2007 Mensajes: 346 Ubicación: Delante mi Pc ^^
Publicado: Vie Oct 05, 2007 10:49 pmAsunto:
Capítulo XXXI
Las muchas seguridades que doña Beatriz recibió del abad y de su buen padre, acerca de la suerte que aguardaba a los templarios españoles, no fueron poderosas a calmar los recelos y zozobras que se agolpaban en su ánimo; ¡tan hondas raíces había echado en su corazón el pesar y tan negra tinta derramaba su imaginación aun sobre los objetos más risueños! Si había de juzgar de las disposiciones de los obispos por las que durante mucho tiempo había abrigado el prelado de Carracedo no tenía, a la verdad, gran motivo para tranquilizarse, y por otra parte, el embravecimiento de la opinión contra los templarios había llegado a tal punto que todo podía temerse con razón. Añádase a esto que su enfermedad teñía habitualmente de un color opaco aun los más brillantes objetos, y fácil será de presumir los muchos y turbios celajes que empañaban aquel rápido vislumbre de felicidad que el abad le había mostrado. No desconocía, por otra parte, que don Álvaro era un objeto de enemistad especial para el infante don Juan, desde los sucesos de Tordehumos, y su discreción natural le daba a entender que en medio de la inquietud que inspiraban los templarios, aun después de su caída, no dejaría de haber dificultades para restituir su libertad, su poder y sus bienes a quien tan decidido apoyo les había prestado hasta el punto de aceptar sus votos y compromisos.
Contra tan sólidas razones poco valían todos los argumentos de su padre y de su tía, de manera que la misma esperanza venía a ser para ella una luz sin cesar combatida por el viento, y que esparcía alrededor sombras y dudas antes que seguridad y resplandores. El incesante anhelar y zozobra que tan poderosamente habían contribuido a la ruina de su salud continuaron, por lo tanto, minándola a gran prisa, y como en la postración de su cuerpo toda clase de emociones venían a ser por igual dañosas, cada día sus fuerzas se disminuían y se aumentaba el cuidado de los que andaban a su alrededor. Don Alonso, que achacaba a sus pesares y desvelos los estragos que se veían en su rostro, comenzó a inquietarse seriamente cuando llegó a advertir que aquella dolencia, derivada sin duda del alma en un principio, existía ya de por sí y como cosa aparte. Al cariño de padre, al aguijón del remordimiento vinieron a mezclarse entonces los temores del caballero que temblaba por la suerte y el porvenir de su linaje depositados en tan frágil vaso, cabalmente cuando el destino parecía que iba a convertir en bronce su vidrio delicado.
Posesionado ya de los castillos del Bierzo y sosegados todos los rumores de guerra, pensó en sacar a doña Beatriz del monasterio y en restituirse con ella a su casa de Arganza. Poco se alegró la joven con la resolución de su padre, porque mientras su suerte se fallaba, ningún lugar había más acomodado a la solemnidad religiosa de sus pensamientos y a la tranquilidad que tanto había menester su espíritu que el retiro de Villabuena. Los recuerdos de la infancia y adolescencia tan dulces de suyo al corazón, más de una vez se acibaran con las imágenes que los acompañan, y entonces su consuelo y blandura son más que dudosos. Así doña Beatriz, que en los muros de la casa paterna había visto en brevísimo espacio de tiempo nacer y agostarse la flor de su ventura, desaparecer su madre, perderse su libertad y aparecer impensadamente un sol que juzgaba para siempre puesto, sólo para cegar sus ojos y dejar un rastro de desolada luz en su memoria, temblaba volver a aquel recinto cuando tan enigmático se presentaba todavía lo futuro. Sin embargo, el atractivo que para su alma pura y piadosa tenían las cenizas de su madre, el deseo de acompañar a su padre anciano y la seguridad de que los objetos exteriores sólo podían atenuar muy levemente las ideas que como con un buril de fuego estaban impresas en su alma, le decidieron a abandonar por segunda vez aquella casa, de donde había salido antes para tantos pesares y sinsabores, y de la cual entonces se apartaba sin más patrimonio que una lejana y débil esperanza, igualmente privada de salud y de alegría. Despidióse, pues, de su tía y de las buenas religiosas, sus amigas y compañeras, sin extremos ni sollozos, pero profundamente conmovida y echando miradas tan vagarosas a aquellos sitios como si hubiesen de ser las postreras. Aunque sus males y tristezas eran como una sombra para aquellas santas mujeres, su dulzura, su discreción, su bondad y hasta el particular atractivo de su figura, las aficionaban extraordinariamente a su trato y compañía; así fue que, por su parte, hicieron gran llanto en su partida.
Por fin, salió acompañada de su Martina y de sus antiguos criados. ¿Dónde estaban los días en que sobre un ágil y revuelto palafrén corría los bosques de Arganza y Hervededo con un azor en el puño, acechando las garzas del aire, como una ninfa cazadora? Ahora ni aun el sosegado y cómodo paso de su hacanea podía sufrir, y más de una vez hubo de pararse la cabalgada en el camino para reclinarla al pie de un árbol solitario donde cobrase aliento. La agitación de la despedida la había debilitado en gran manera, así es que llegó a Arganza más desencajada que de ordinario y llena de fatiga. Las imágenes que aquellos sitios le presentaron, animadas con todo el ardor de la calentura, produjeron gran trastorno en su ánimo y aguaron el contento de aquellos pacíficos aldeanos, para quienes su venida era como la visita de los ángeles para los patriarcas.
A la mañana siguiente quiso bajar a la capilla donde estaba enterrada doña Blanca, y por la tarde, apoyada en Martina y en su padre que apenas se atrevía a contrariarla, se encaminó lentamente al nogal de la orilla del arroyo debajo de cuyas ramas se despidió don Álvaro para siempre. Si sus lágrimas hubieran corrido en abundancia, sin duda se hubiera descargado de un gran peso, pero el deseo de esconderlas de su padre las cuajó en sus ojos, y el esfuerzo que hubo de hacer se convirtió, como era natural, en daño suyo. Aquella noche la lenta calentura que la consumía se avivó en tales términos que entró en un delirio terrible en que sin cesar hablaba del conde, de su madre y de don Álvaro, quejándose dolorosamente de cuando en cuando. El señor de Arganza, desolado y fuera de sí, mandó inmediatamente por el anciano monje de Carracedo, que ya la había asistido en Villabuena cuando su anterior enfermedad. El buen religioso vino al amanecer con toda diligencia y encontró ya a doña Beatriz casi de todo punto sosegada, porque en aquella complexión ya destruida no tenían gran duración los accesos del mal. Informóse, sin embargo, de todo lo sucedido, y como don Alonso descorriese a sus ojos hasta el último velo, le dijo:
-Noble don Alonso, fuerza será que vuestra hija no vea durante algún tiempo estos sitios que tan dolorosas memorias renuevan en ella. Trasladadla sin perder tiempo a la quinta que poseían los templarios sobre el lago Carucedo, porque allí es el aire más templado y el país más plácido y halagüeño. Pronto vendrá la primavera con sus flores y entonces se decidirá la suerte de doña Beatriz, que de continuar aquí, no puede menos de ser desastrada.
-Pero decidme -le preguntó con ansiedad el señor de Arganza-, ¿y vos me respondéis de su vida?
-Su vida -le contestó el religioso- está en las manos de Dios, que nos manda confiar y esperar en Él. Sin embargo, vuestra hija es joven todavía y por profunda raíz que haya echado el mal en ella, bien puede suceder que un suceso feliz y precursor de una época nueva la curase harto mejor que todos los humanos remedios. No nos descuidemos, de nuevo os lo encargo: aprovechad el respiro que va a darnos un calmante que tomará hoy y lleváosla al punto.
En efecto, el calmante proporcionó tan grande alivio a la enferma que don Alonso, devorado de recelos y de inquietudes, después de acelerar todos los preparativos de viaje, partió a los dos días con su hija. Algo mejor preparada ésta y atenta más que a su quietud y bienestar propio al sosiego de su padre, emprendió sin repugnancia su nueva peregrinación, despidiéndose de aquellos sitios, teatro de sus juegos infantiles, con un mal disimulado acento, en que no podía traslucirse la esperanza de volverlos a ver. Tal vez nadie mejor que ella podía juzgar su estado, pues sólo a sus ojos era dado ver los estragos de su alma; pero ¿quién podía adivinar lo que el porvenir guardaba en los pliegues oscuros de su manto?, y por otra parte, la imagen de don Álvaro, libre de sus votos, más rendido, más noble y más hermoso que nunca, era como un ave de buen agüero, cuyos cantos se quedan halagando el oído por rápido que sea su vuelo.
La comitiva cruzó el Sil por la misma barca de Villadepalos que en otros tiempo más felices debió conducirla en brazos de su amante a un puerto de seguridad y de ventura. Fatalidad y no pequeña era encontrar por todas partes memorias tan aciagas, pero aquel reducido país había servido de campo a tantos sucesos que más o menos de cerca le tocaban, que bien podía decirse que sus pensamientos y recuerdos lo poblaban y de donde quiera salían al encuentro de sus miradas.
Pasado el río hay una cuesta muy empinada, desde la cual, a un tiempo, se divisan entrambas orillas del Sil, todo el llano que forma su cuenca, el convento de Carracedo con su gran mole blanca en medio de una fresquísima alfombra de prados, y los diversos términos y accidentes de las cordilleras que por dondequiera cierran y amojonan aquel país.
Comenzaba a desprenderse la vegetación de los grillos del invierno; el Sil un poco crecido, pero cristalino y claro, corría majestuosamente entre los sotos todavía desnudos que adornaban sus márgenes; el cielo estaba surcado de nubes blanquecinas en forma de bandas, por entre las cuales se descubría un azul purísimo, y una porción de mirlos y jilgueros revoloteando por entre los arbustos y matas anunciaban con sus trinos y piadas la venida del buen tiempo.
Del otro lado descollaban las sierras de la Aguiana con sus crestas coronadas de nubes a la sazón y los agudos y encendidos picachos de las Médulas remataban su cadena con una gradación muy vistosa. Casi al pie se extendía el lago de Carucedo, rodeado de pueblos, cuyos tejados de pizarras azules vislumbraban al sol siempre que se descubría, y terminado por dos montes, de los cuales el que mira a mediodía estaba cubierto de árboles, mientras el que da al norte formaba extraño contraste por su desnudez y peladas rocas. Doña Beatriz se sentó a descansar un rato en el alto de la cuesta, y desde allí tendía la vista por entrambas perspectivas, levantando de vez en cuando sus ojos al cielo, como si le rogase que los recuerdos de amargura y las pruebas de su juventud quedasen a su espalda como la tierra de Egipto detrás de su pueblo escogido, y a orillas de aquel lago apacible y sereno comenzase una nueva era de salud, de esperanza y de alegría que apenas se atrevía a fingir en su imaginación. Después de descansar un rato, subió la comitiva en sus caballos y se encaminó silenciosamente a la hermosa quinta en que doña Beatriz debía aguardar el fallo de su vida y de su suerte.
Era éste un edificio con algunas fortificaciones a la usanza de la época, pero sobrado primoroso para fortaleza, porque todos los frágiles adornos y labores del gusto árabe se juntaban en sus afiligranadas puertas y ventanas y en los capiteles que coronaban sus almenas. Habíanla labrado los templarios en tiempos de su mayor esplendor, y para su asiento escogieron una colina poco elevada y de suavísimo declive que está debajo del pueblo del Lago y domina la líquida llanura en cuyos cristales moja sus pies. Forma el lago junto a ella un lindo seno, y allí se abrigaban algunos esquifes ligeros en que los caballeros acostumbraban a solazarse con la pesca de las anguilas, de que hay gran abundancia, y cazando con ballesta algunas de las infinitas aves acuáticas que surcan la resplandeciente superficie. Como las áridas cuestas del monte del norte, que los naturales apellidan de los Caballos, hacían espaldas a la quinta, resultaba que de aquel paisaje agraciado y lleno de suavidad únicamente se ocultaban los términos áridos y yermos. Lo restante era, y es todavía, un panorama de variedad y amenidad grandísima que, repelido por el espejo del lago, figura a veces, cuando lo agita blandamente la brisa, un mar confuso de rocas, árboles, viñedos y colinas sin cesar divididos y juntados por una mano invisible. Tiene el lago más de una ensenada, y la que se prolonga entre oriente y norte, perdida entre las sinuosidades de un valle, parece dilatar su extensión, y los juncos y espadañas que la pueblan sirven de abrigo a infinitas gallinetas de agua y lavancos de cuello tornasolado. No lejos de esta ensenada está el pueblo de Carucedo, sentado en una fresca encañada y a su extremo una porción de encinas viejísimas y corpulentas, cuyas pendientes ramas se asemejan a las de los árboles del desmayo, sirven de límite a las aguas, mientras en la orilla opuesta occidental un soto de castaños enormes señala también su término a los caudales del lago.
Doña Beatriz que tenía un alma abierta, por desgracia suya en demasía, a todas las emociones puras y nobles, no pudo menos de admirar la belleza del paisaje, cuando las laderas de los montes que descienden al lago y su hermosa tabla comenzaron a desplegarse a sus ojos desde las alturas de San Juan de Paluezas. A medida que se acercaba íbase descogiendo un nuevo pliegue del terreno, y ora un grupo de árboles, ora un arroyo que serpenteaba en alguna quiebra, ora una manada de cabras que parecían colgadas de una roca, a cada paso derramaban nuevas gracias sobre aquel cuadro. Cuando, por fin, llegó a la quinta y se asomó al mirador, desde el cual todos los contornos se registraban, subieron de punto a sus ojos todas aquellas bellezas.
El sol se ponía detrás de los montes dejando un vivo rastro de luz que se extendía por el lago y a un mismo tiempo iluminaba los diversos terrenos esparciendo aquí sombras y allí claridades. Numerosos rebaños de ganado vacuno bajaban mugiendo a beber moviendo sus esquilas, y otros hatos de ovejas y cabras y tal cual piara de yeguas con sus potros juguetones venían también a templar su sed, triscando y botando, mezclando relinchos y balidos. Los lavancos y gallinetas, tan pronto en escuadrones ordenados, como desparramados y solitarios, nadaban por aquella reluciente llanura. Una pastora, que en su saya clara y dengue encarnado mostraba ser joven y soltera y en sus movimientos gran soltura y garbo, conducía sus ovejas cantando una tonada sentida y armoniosa, y como si fuera un eco, de una barca que cruzaba silenciosa, costeando la orilla opuesta salía una canción guerrera entonada por la voz robusta de un hombre, pero que apagada por la distancia perdía toda su dureza, no de otra suerte que si se uniese al coro armonioso, templado y suave que al declinar el sol se levantaba de aquellas riberas.
Por risueños puntos de vista que ofrezcan las orillas del Cúa y del Sil, fuerza es confesar que la calma, bonanza y plácido sosiego del lago de Carucedo no tiene igual tal vez en el antiguo reino de León. Doña Beatriz, casi arrobada en la contemplación de aquel hermoso y rutilante espejo guarnecido de su silvestre marco de peñascos, montañas, praderas y arbolados, parecía engolfada en sus pensamientos. Para un corazón poseído de amor como el suyo, la creación entera no parece sino el teatro de sus penas o su felicidad, de sus esperanzas o sus dudas, y esto cabalmente sucedía aquella interesante y desgraciada señora. La imagen de don Álvaro era el centro adonde iban a parar todos los hilos misteriosos del sentimiento que en su alma despertaban aquellos lugares, y entretejiéndolos con los que de tiempos más dichosos quedaban todavía enmarañados en su memoria formaba en su imaginación la tela inacabable de una vida dichosa, llena de correspondencia dulcísima y de aquel noble orgullo que en todos los pechos bien nacidos excita la posesión de un bien legítimamente adquirido. ¡Engañosas visiones que al menor soplo de la razón se despojaban de sus fantásticos atavíos y caían en polvo menudo en medio de las puntas y abrojos que erizaban el camino de doña Beatriz! Al cabo de una larga meditación, en la cual como otras tantas ráfagas luminosas había visto pasar todas aquellas representaciones doradas y suaves de un bien ya disipado, y de otro bien incierto, y apenas bosquejado, la desdichada exhaló un largo suspiro y dijo:
-¡Dios no lo ha querido!
-Dios ha querido probarte y castigarme, ángel del cielo -contestó su padre abrazándola-, nuestras penas acabaron ya y los nuevos tiempos se acercan a más andar. Dios se apiadará de tu juventud y de estas canas vecinas ya al sepulcro, y no querrá borrar mi nombre de la faz de la tierra.
Doña Beatriz le besó la mano sin contestar, porque no se atrevía a entregarse a tan risueñas ideas, ni alcanzaba a acallar los presentimientos que de tiempos atrás habían llegado a posesionarse de su espíritu, pues, para colmo de amargura, la muerte que por tanto tiempo había invocado como término y descanso de sus penas, sin verla aparecer jamás, ahora cruzaba a lo lejos como un lúgubre relámpago, cuando la vida cobraba a sus ojos todas las galas de la esperanza, y sembraba de flores funerarias el camino que guiaba a su templo. Sin embargo, doña Beatriz, como todas las almas fuertes, pasado el primer estremecimiento hijo del barro aceptaba sin miedo ni repugnancia esta idea, y sólo se dolía de la contingencia de su fin prematuro por el luto de su padre, y de aquel amante arrebatado de sus brazos por una deshecha borrasca y que otra no menos deshecha podía volver a ellos. Así pues, sin decir palabra, se apoyó en el brazo del anciano y lentamente bajó la escalera con barandilla prolijamente calada hasta que en la cámara, para ella aderezada, la dejó en compañía de Martina. Dejémosla también nosotros entregada a las dulzuras del sueño que aquella noche bajaba sobre sus párpados más suave y bienhechor que en muchos días, y transportémonos a Salamanca, donde se iba a fallar el ruidoso proceso que traía alborotada a la cristiandad entera.
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Publicado: Vie Oct 05, 2007 10:50 pmAsunto:
Capítulo XXXII
En medio de la tremenda tormenta que la envidia por un lado, la codicia por otro y la superstición e ignorancia por casi todos, habían levantado contra el Temple, la península puede gloriarse de que su santuario se conservó exento del contagio de aquellos torpes y groseros errores, y de aquellas pasiones ruines y bastardas. Sobrado se les alcanzaba a sus obispos la fuente de males que tal vez hubiera podido abrirse en Europa de la conservación y crecimiento de aquella orden decaída de su antigua pureza y virtud, y convertida a los ojos del vulgo en piedra de reprobación y de escándalo; pero, como cristianos y caballeros, respetaban mucho a sus individuos, y no desmintieron la noble confianza que en ellos había puesto don Rodrigo Yáñez. Vanas fueron las prevenciones con que Aymerico, inquisidor apostólico y comisionado del Papa para acompañar a los arzobispos de Toledo y Santiago, entró en aquel juicio que intentaba llevar por el mismo sendero de los de Francia; vanos todos los esfuerzos de la corte de Castilla, y en especial del infante don Juan, y vano, por fin, el extravío de la opinión, para torcer la rectitud de sus intenciones. Las iniquidades de Felipe el Hermoso eran justamente el escudo más fuerte de los caballeros en el ánimo de aquellos piadosos varones que, en el fondo de su corazón, deploraban amargamente las debilidades de Clemente V, origen de tanta sangre y tan feos borrones para la cristiandad.
Juntos, pues, en Salamanca bajo la presidencia del inquisidor apostólico y del arzobispo de Santiago, Rodrigo; Juan, obispo de Lisboa; Vasco, obispo de la Guardia; Gonzalo, de Zamora; Pedro, de Ávila; Alonso, de Ciudad Rodrigo; Domingo, de Plasencia; Rodrigo, de Mondoñedo; Alonso, de Astorga; Juan, de Tuy; y Juan, de Lugo; se abrió el concilio con las ceremonias y solemnidades de costumbre. Cada uno de los padres, con arreglo a las bulas pontificias y a las órdenes de sus respectivos monarcas, había formado en su diócesis respectiva un proceso de información, en el cual constaban las declaraciones de infinitos testigos, sacerdotes y seglares, de cuya confrontación debía deducirse la culpabilidad de los caballeros o su inocencia. Sin embargo, en vísperas de un fallo tan solemne fuerza era ampliar aquel sumario, oír a los encausados, recibir nuevas deposiciones y justificar finalmente una sentencia que iba a dar remate a un suceso, con razón calificado por un historiador moderno de gran mérito de «el más importante de los siglos medios después de las cruzadas».
Poco tardó en averiguar el infante don Juan las intenciones con que acudía al concilio el abad de Carracedo, y con ellas recibió sobresalto no pequeño, pues estando todavía en balanzas la suerte de la orden por los reinos de España, muy de temer era que en el de León, al abrigo de una familia tan poderosa, moviese nuevos disturbios y mudanzas, y pusiese en duda la posesión de aquellos bienes que con tanta ansia codiciaba para consolarse de la pérdida de su soñada corona. Así pues, echó mano como de costumbre de sus cábalas y maquinaciones, y comenzó a sembrar la cizaña de su encono en el ánimo de los obispos, infundiendo recelos de discordias con el Sumo Pontífice en algunos, y amenazando a otros con los alborotos que pudiera ocasionar en la mal sosegada Castilla la resolución de dar por libre de sus votos a don Álvaro.
El anciano monje, a quien no se le ocultaba el estado de doña Beatriz y que, por otra parte, sabía cuán agudo cuchillo era para su vida el continuo vaivén de la incertidumbre, presentó el caso como separado del juicio general, alegando la nulidad de la profesión del señor de Bembibre y manifestando la injusticia que podría haber en complicarle en el proceso y responsabilidad de una corporación, que mal podía contarle entre sus miembros. Por valederas que fuesen semejantes razones, no hallaron en el ánimo de los jueces todo el eco que reclamaban, así la solicitud del abogado, como la ventura de doña Beatriz. Por una parte, era urgentísimo sustanciar y decidir aquel gran pleito harto más importante que la suerte de un individuo, y por otra penetrados los prelados en su interior del poco peso de las acusaciones contra los templarios, no tenían reparo en envolver a don Álvaro en los procedimientos generales, que en todo casi siempre había lugar de enmendar con la debida excepción.
Infructuosos fueron, por lo tanto, los esfuerzos que de concierto hicieron, el buen religioso, el maestre don Rodrigo, el comendador Saldaña, su deudo Hemán Ruiz Saldaña, y sobre todo don Juan Núñez de Lara, que tanto por mostrar la nobleza de su sangre, cuanto por el deseo de remediar en lo posible el gran mal que había hecho a don Álvaro en Tordehumos, había venido a Salamanca con diligencia grandísima. Las almas elevadas suelen pagar muy caros los sueños de la ambición, y buena prueba de ello era don Juan de Lara, para quien la noticia de los pesares de don Álvaro y su violenta resolución de entrar en el Temple habían sido y eran todavía un doloroso torcedor. Sin la culpable trama de que también él había sido víctima, libre estaba don Álvaro de los pasados sinsabores y de las presentes angustias, y cualquiera que hubieran sido las pruebas y amarguras de su amor, en último resultado pendiendo su suerte de la constancia y elevado carácter de doña Beatriz, sin duda sus hermosas esperanzas se hubieran visto logradas como merecían. Todo esto, que en voces altas y muy claras decía a don Juan su conciencia, le afligía por extremo y de buena gana hubiera redimido con la mitad de los años de la vida que le quedaban y con lo mejor de su hacienda tales quebrantos. Otra cosa había, además, de por medio que aquejaba vivamente su voluntad, y eran los amaños y arterías que en sentido opuesto empleaba el infante don Juan, su jurado enemigo desde lo de Tordehumos. Razones de gran peso, y entre ellas el bien y el sosiego de Castilla, le habían impedido hacer campo cerrado con él, según en un principio imaginó, pero la idea de contrariar en aquella ocasión sus esfuerzos y dar en tierra con sus artificios ponía espuelas a su voluntad, ya muy decidida de suyo.
Comoquiera, todos estos buenos oficios carecían de base, pues estando presente don Álvaro, natural parecía que de por sí reclamase contra el agravio que al parecer se le hacía; pero la autoridad de sus ancianos amigos y de su tío, las instancias de todos los caballeros de la orden que se hallaban en Salamanca, la importuna solicitud de don Juan de Lara, y hasta la voz misma de aquella pasión que mal acallada en su pecho se despertaba violentamente a la voz de la esperanza, no fueron poderosas a determinarle a semejante paso. La idea de separar su causa de la de sus hermanos de elección, de tal manera alborotaba su altivo pundonor, que al poco tiempo todos sus allegados cesaron por entero en sus persecuciones. Así pues, víctima de aquella ilusión generosa de desprendimiento y de hidalguía, tras de la cual había corrido toda su vida, dilataba sin término el suceso feliz del que pendía ya la dicha que en el mundo pudiera tocarle.
Abrióse, por fin, el juicio, y el maestre don Rodrigo, Saldaña y los más ancianos caballeros comparecieron delante de los obispos a oír los cargos que se les hacían, cargos que en nuestros días moverían a risa, pero que en aquella época de tinieblas encontraban en la muchedumbre un eco tremendo, tanto mayor cuanto más se acercaban a lo maravilloso.
Compulsáronse las informaciones que cada prelado había hecho antes de congregado el concilio y comenzaron a oírse nuevos testigos. No faltaron muchos que se presentasen en contra del Temple, achacándole los mismos crímenes que perdieron a la orden en Francia, y sobre todo y como cosa más visible, avaricia en las limosnas y escaseces y falta de decoro en el culto. Cohechados la mayor parte de ellos por los enemigos de aquella gloriosa institución, arrebatados otros de un celo ignorante y fanático, parecía que unos a otros se alentaban en aquella obra de iniquidad, natural consecuencia de las pérfidas calumnias que deslumbraban los ojos del vulgo sediento siempre de novedades, y tan sobrado de imaginaciones extrañas y maliciosas como falto de juicio y compostura.
Los caballeros, solos en medio de aquel vendaval que sin cesar arreciaba, se defendían, sin embargo, con templanza y valeroso sosiego, atentos a conservar su altiva dignidad aun en medio de tamañas falsías y bajezas.
Don Rodrigo, como cabeza de la orden, era el blanco de todos los tiros, no por odio a su persona, pues su prudencia, su urbanidad y sus austeras virtudes andaban en boca de todos, sino porque humillando la orden en lo que tenía de más sabio y elevado, se minaban sus cimientos y se imposibilitaba su restauración. Comoquiera, el maestre infundía tal respeto por sus años y por aquel resto de imperio y de poder que todavía quedaba en su frente, que más de una vez sucedió que los testigos se retiraron corridos y amedrentados delante de la severidad de sus miradas.
El comendador Saldaña hizo harto más en defenderse de otros ataques, que si bien menos concertados, al cabo eran más enconados y violentos.
Recordarán sin duda nuestros lectores que, en el asalto de Cornatel, un deudo muy cercano del conde murió al golpe de una piedra que le deshizo el cráneo, y otro poco después en la barbacana bajo el hacha del anciano guerrero. Asimismo recordarán que la bandera de los Castros entró arrastrando en el castillo, arrancada por la mano de don Álvaro de la tienda en que ondeaba al soplo del viento.
Heridas y ultrajes eran ya éstos que difícilmente pudiera olvidar aquel orgulloso linaje, pero el desastrado fin de su caudillo había encendido en sus pechos un odio implacable contra los templarios, y sobre todo contra Saldaña como autor de su deshonra y duelo.
Apenas, pues, los vieron emplazados y llamados a juicio, acudieron prontamente a Salamanca donde añadieron al peso de la acusación general el de su encono y recriminaciones.
Cuando llegó su día, presentaron queja ante los padres, acusando al anciano de haber usado malas artes en la defensa de su castillo, con notorio menosprecio de las órdenes de su rey y señor natural. Echáronle en cara la altanería con que desechó las intimaciones del difunto conde, y sobre todo su muerte atroz, contraria a las leyes de guerra. Beltrán de Castro, uno de los más cercanos deudos y que aún no había podido acomodarse al baldón del vencimiento, presentó todos estos cargos con gran discreción y energía, disfrazando a su modo los incidentes de aquella desastrosa jornada.
-Comendador Saldaña -le dijo el arzobispo de Santiago-, ¿confesáis todos los cargos que os hace Beltrán de Castro?
-Padres venerables -contestó el anciano-, no por rebeldía ni deslealtad nos negamos a obedecer las cédulas de nuestro monarca, sino por justa y legítima defensa. Caballeros de nuestra prez no eran para tratados como quería el conde de Lemus a quien respeto, pues que ya el supremo juez le habrá juzgado. Él quería la guerra porque anhelaba vengar agravios recibidos con causa, por desgracia sobrado justa, de mí y de uno de nuestros más nobles caballeros. Amaba el peligro y pereció en él... la paz sea con su alma. Por lo que hace a la nigromancia que nos reprocháis, señor hidalgo -continuó volviéndose a Beltrán y sonriéndose irónicamente-, el miedo sin duda os turbaba la vista y el entendimiento a la par, pues que así confundíais con los demonios nuestros esclavos africanos, y tomabais por llamas del infierno la pez, alquitrán y aceite hirviendo con que os rociábamos la mollera.
El gallego perdió el color al oír semejante ultraje, y rechinando los dientes clavó sus ojos encendidos como brasas en el anciano caballero. Su mano se encaminó maquinalmente a la guarnición de la espada, pero acordándose del sitio en que estaba, mantuvo a raya los ímpetus de su ira.
-No os enojéis, señor hidalgo, que así venís a hacer leña del árbol caído -replicó el comendador en el mismo tono acre y mordaz-, no os enojéis ahora, ya que entonces de tan poco sirvió vuestro coraje a aquellos infelices montañeses, que tan sin piedad llevabais al matadero, ya que entonces el señor de Bembibre con sólo un puñado de caballeros desbarató toda vuestra caballería, saqueó vuestros reales y trajo arrastrando vuestro pendón sin que, a pesar de vuestras fuerzas superiores, tuvieseis ánimo para estorbarlo. ¿En qué opinión teníais a los soldados del Temple y a un viejo caballero que peleó por la cruz en Acre, hasta que los villanos la echaron por el suelo para alfombra de los caballos del soldán? Andad, que vuestro valor es como el de los buitres y cuervos, sólo bueno para emplearse en los cadáveres.
-Señor caballero -le dijo gravemente el arzobispo de Santiago-, no habéis respondido todavía a la principal cabeza de la acusación, la muerte del noble conde de Lemus... ¿Es cierto este capítulo?
-Y tan cierto -respondió Saldaña con una voz que retumbó en el salón como un trueno-, que si mil veces lo cogiera entre mis manos, otras tantas vidas le arrancaría. Sí, yo le así por el cinto cuando cayó a mis pies sin conocimiento; con él me subí a una almena, y desde allí se lo arrojé a sus gentes diciéndoles: «¡Ahí tenéis vuestro valiente y generoso caudillo!»
-¡Lo ha confesado! ¡Lo ha confesado! -exclamaron llenos de júbilo los parientes del difunto.
-Comendador Saldaña -continuó Beltrán-, yo os acuso de traición, pues sólo cohechando al cabreirés Cosme Andrade pudisteis tener noticia de la expedición del desgraciado conde.
-¡Mentís, Beltrán de Castro! -contestó una voz de entre la apiñada multitud, que entonces comenzó a arremolinarse como para abrir paso a alguno.
Efectivamente, después de un corto alboroto y de algún oleaje y vaivenes entre la gente, un montañés con su coleto largo y destazado, sus abarcas y su cuchillo de monte al lado, saltó como un gamo en el recinto destinado a los acusados, acusadores y testigos.
-¿Sois vos, Andrade? -exclamó Castro sorprendido con esta aparición para él inesperada.
-¡Yo soy, yo, el cohechado, como vos decís ruin y villano! -contestó el encolerizado montañés. ¡Parece que os pasma el verme! ¡Bien se conoce que me creíais muy lejos cuando así me ultrajabais. Algún ángel me tocó sin duda en el corazón, cuando viéndoos llegar a Salamanca me oculté de vuestra vista para confundiros ahora, ahora que conozco la ruindad de los Castros! ¡Oh, pobres paisanos y compañeros míos que dejasteis vuestros huesos en el foso de Cornatel, venid ahora a recibir el premio que os dan estos malsines! ¡Yo cohechado!, ¿y con qué me cohecharíais vos, mal nacido? ¿O tenéis por cohecho el rodar por los precipicios y arriesgar la vida hartas más veces que vos?
-Vos recibisteis cien doblas del comendador -replicó Beltrán un poco recobrado, aunque confuso con las embestidas del montañés, que le acosaba como un jabalí herido.
-Cierto que las recibí -contestó Andrade candorosamente, porque se me ofrecieron con buena voluntad; pero ¿guardé una siquiera, embustero sin alma? ¿No las distribuí todas y aun bastantes de mis dineros a las viudas de los que murieron allí por los antojos de vuestro conde? ¿O piensas tú que es Andrade como tu amo maldecido, que vendía por un lugar más su fe de caballero y la sangre de los suyos? Agradece a que estamos delante de estos varones de Dios, que si no ya mi cuchillo de monte te hubiera registrado los escondites del corazón.
-Sosegaos, Andrade -le dijo el obispo de Astorga-, y contadnos lo que sepáis, porque vuestra presencia no puede ser más oportuna.
-Yo, reverendos padres -contestó él con su sencillez habitual-, no soy más que un pobre hidalgo montañés a quien se le alcanza algo más de cazar corzos y pelear con los osos, que no de estas cosas de justicia, pero con la verdad por delante, nunca he tenido miedo de hablar, aunque fuese en presencia del soberano pontífice. Allá va, pues, lo que vi y pasé, bien seguro de que nadie quite ni ponga.
Dijimos que cuando el honrado Andrade cayó despeñado del torreón por mano de Millán le detuvieron unas ramas protectoras. Afortunadamente, no estaban muy lejos de la muralla, y de consiguiente pudo oír casi todas las palabras que mediaron entre don Álvaro y el conde al principio, y luego lo que pasó con el comendador hasta que el magnate gallego bajó descoyuntado y hecho pedazos hasta la orilla del arroyo. Así pues, su declaración en que tanto resaltaba la generosidad de don Álvaro, y la efusión con que contó los prontos socorros que había recibido de Saldaña y de todos los caballeros, hicieron una impresión tan favorable en el ánimo de los padres, que los acusadores de Saldaña no sólo enmudecieron, sino que corridos y avergonzados no sabían cómo dejar el tribunal.
-En suma, santos padres -concluyó el montañés-, si las buenas obras cohechan, yo me doy por cohechado aquí y para delante de Dios, porque, a decir verdad, tan presa dejaron mi voluntad con ellas estos buenos caballeros, que cuando oí decir que al cabo los llevaban presos, acordándome de las mentiras del conde de Lemus y temiendo no les sucediese lo que en Francia, me fui corriendo a Ponferrada, y allí dije al comendador que yo le ocultaría en Cabrera y aun le defendería de todo el mundo. Yo no sé si hice bien o mal, pero es seguro que volvería a hacerlo siempre, porque él me salvó la vida dos veces, y como decía mi padre, que de Dios goce, «el que no es agradecido no es bien nacido».
-Señor de Bembibre -dijo entonces el inquisidor general volviéndose a don Álvaro-, aunque nuevo en esta tierra no me es desconocida la fama de hidalguía y valor que en ella gozáis. Decid, pues, bajo vuestra fe y palabra, si es verdadera la declaración de Andrade.
-Por mi honor, juro que la verdad ha hablado por su boca -contestó el joven poniendo la mano sobre el corazón-. Sólo una cosa se le ha olvidado al buen Cosme, y es que también se entendía conmigo, sin haberme conocido, la noble hospitalidad que ofreció al comendador Saldaña.
-Ya, ya -repuso el montañés casi avergonzado-, bueno sería que lo poco bueno que uno hace lo fuese a pregonar a son de trompeta. Y luego que cuando disteis aquel repelón a nuestro campo de Cornatel, ni siquiera hicisteis un rasguño a ninguno de los míos, y después a los que curaron de sus heridas, los regalasteis con tanta largueza como si fuerais un emperador. Para acabar de una vez, padres santos -continuó dirigiéndose al concilio con tanto respeto como desembarazo-, si dudáis de cuanto llevo dicho, venga aquí la Cabrera entera, y ella lo confirmará.
-No es necesario -dijo entonces el obispo de Astorga-, porque las secretas informaciones que por mi mandato han hecho los curas párrocos de aquel país corroboran los mismos extremos. Este proceso, último que queda por ver de cuantos se han traído a esta junta sagrada, deberá decidir el fallo, salvo el mejor parecer de mis hermanos.
-Deudos del conde de Lemus -dijo en alta voz el arzobispo de Santiago-, ¿queréis proseguir en la acusación, presentar nuevas pruebas y estar a las resultas del juicio?
-En mi nombre y en el de los míos, me aparto de la acusación -contestó Beltrán de Castro con despecho-, sin perjuicio de volver a ella delante de todos los tribunales cuando pueda presentar pruebas más valederas.
-Debíais pedir la del combate -le dijo Saldaña siempre con la misma amargura-, siquiera no fuese más que por renovar las hazañas de que fuimos testigos encima de Río Ferreiros.
Capitaneaba Beltrán la caballería del conde en aquella ocasión, y envuelto en el torrente de los fugitivos nada pudo hacer a pesar de sus esfuerzos, de manera, que sin estar desnudo de valor, su opinión había quedado en dudas. Ninguna herida, por lo tanto, más profunda y dolorosa pudiera haber recibido que la venenosa alusión del comendador. Tartamudeando, pues, de furor y con una cara como de azufre, le dijo:
-¡En cuanto os dieren por libres la pediré, y entonces veremos lo que va del valor a la fortuna!
-Mío es el duelo -contestó don Álvaro-, pues que tomáis sobre vos las ofensas del conde de Lemus. A mí me encontraréis en la demanda.
-No sino a mí -replicó Andrade que he sido agraviado delante de tanta gente.
-Con los tres haré campo -exclamó Beltrán en el mismo tono.
-Caballeros todos -dijo el inquisidor apostólico-, no debe escondérseos, sin duda, que delante de la justicia no hay agravio ni ofensa. Así pues, dad lo hecho por de ningún valor y efecto, y vos, Beltrán, ya que tan cuerdamente desamparáis la acusación, pensad en volveros a vuestro país, que los altos juicios de Dios no se enmiendan con venganzas ni rencores, siempre ruines cuando se ejecutan en vencidos.
Estas graves palabras, dichas con un acento que llegaba al alma, si no mudaron las malévolas intenciones de los Castros, les probaron por lo menos su impotencia; así fue que, despechados tanto como corridos, se salieron del tribunal y enseguida de Salamanca, donde habían encontrado el premio que suelen encontrar los sentimientos bastardos, la aversión y el desprecio.
Otro fruto produjeron también sus ciegas persecuciones, y fue el poner tan de bulto la inocencia de los templarios, que aun sus más encarnizados enemigos hubieron de contentarse con sordos manejos y asechanzas.
Vistos, pues, todos los procesos y pensado el asunto maduramente, el concilio declaró por unanimidad inocentes a los templarios de todos los cargos que se les imputaban, reservando, sin embargo, la final determinación al Sumo Pontífice.
Con esta sentencia salvaron los templarios el honor de su nombre, única cosa a que podían aspirar en la deshecha borrasca que corrían, pero harto más importante para ellos que sus bienes y su poder. Privados de uno y otro, su posición quedaba incierta y precaria hasta el concilio general, convocado para Viena del Delfinado, donde debía fallarse definitivamente el proceso de toda la orden, dado que bien pocas esperanzas pudieran guardar cuando la estrella de su poder, como el Lucifer del profeta, se había caído del cielo.
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Publicado: Vie Oct 05, 2007 10:50 pmAsunto:
Capítulo XXXIII
Mientras esto pasaba en Salamanca, doña Beatriz, pendiente entre la esperanza y el temor, veía correr uno y otro día fijos los ojos en el camino de Ponferrada, creyendo descubrir en cada aldeano un mensajero, portador de la suerte de su amante y de la orden. La elevación natural de su espíritu le hacía mirar siempre el honor como el primero de los bienes, y bien puede decirse que entonces en el de don Álvaro pensaba, y no en su felicidad. Poco podía influir en su ánimo la sentencia más infamatoria que contra él llegase a fulminarse, porque el amor puro y lleno de fe que se había abrigado en aquel corazón, y que todavía le encendía, era incompatible con toda duda ni sospecha, pero la idea de ver a un joven tan noble y pundonoroso sujeto a infamantes penas, a la misma muerte quizá, la estremecía en sueños y despierta.
A pesar de todo, los consuelos y seguridades de su padre, la entrada de la benéfica estación y la influencia que aquellos lugares apacibles y pintorescos ejercían en su espíritu, producían poco a poco alguna mejoría en su salud y parecían disminuir su ansiedad y sus temores. El lago había recobrado la verdura de sus contornos y la serenidad de sus aguas; los arbolados de la orilla, de nuevo cubiertos de hoja, servían de amparo a infinidad de ruiseñores, palomas torcaces y tórtolas que poblaban el aire de cantares y arrullos; los turbios torrentes del invierno se habían convertido en limpios y parleros arroyos; los vientos templados ya y benignos traían de los montes los aromas de las jaras y retamas en flor; los lavancos y gallinetas revoloteaban sobre los juncales y espadañales en donde hacían sus nidos, y el cielo mismo, hasta entonces encapotado y ceñudo, comenzaba a sembrar su azul con aquellos celajes levemente coloreados que por la primavera adornan el horizonte al salir y ponerse el sol. La Aguiana había perdido su resplandeciente tocado de nieve y sólo algunas manchas quedaban en los resquicios más oscuros de las rocas, formando una especie de mosaico vistoso. La naturaleza entera, finalmente, se mostraba tan hermosa y galana, como si del sueño de la muerte despertase a una vida perdurable de verdor y lozanía.
A la manera que el agua de los ríos se tiñe de los diversos colores del cielo, así el espectáculo del mundo exterior recibe las tintas que el alma le comunica en su alegría o dolor. Los acerbos golpes que doña Beatriz había recibido y su retraimiento en el monasterio habían trocado la natural serenidad de su alma en una melancolía profunda que, estimulada por el mal, tendía sobre la creación un velo opaco. Antes eran sus pensamientos un cristal rutilante que esmaltaba y daba vida y matices a todos los objetos al parecer más despreciables, porque el amor derramaba en su imaginación el tesoro de sus esperanzas más risueñas, y ella a su vez las vertía a torrentes sobre las escenas que a sus ojos se ofrecían, pero deshecho el encanto y deshojadas las flores del alma, todo se había oscurecido. El mundo, mirado desde las playas de la soledad y a través del prisma de las lágrimas, sólo tiene resplandores empañados y frondosidad marchita.
Una tarde que estaba entregada a semejantes pensamientos en el mirador de la quinta paseando por el cristal de las aguas distraídas miradas, llegóse su padre a ella a tiempo que sus ojos se fijaban en el castillo de Cornatel, plantado a manera de atalaya en la cresta de sus derrumbaderos. No advirtió ella la aproximación de don Alonso y siguió engolfada en sus meditaciones.
-¿Qué piensas, Beatriz -le preguntó con su acostumbrado cariño-, que no has reparado en mí?
-Pensaba, señor -le respondió ella, llevando su mano a los labios-, que mi vida no es de dieciocho años, sino tan larga como la vuestra. Yo tenía un amante y lo he perdido, tenía una madre y la he perdido, tuve un esposo y allí lo he perdido también -añadió señalando el castillo con el dedo-. Dos veces me he visto desterrada del techo paterno; don Álvaro, desposeído de sus esperanzas, se acogió al claustro guerrero de una orden poderosa y helo ahí por el suelo. ¿Cómo en el breve espacio de un año se han amontonado tantos sucesos sobre la endeble tela de mi vida? ¿Qué es la gloria del hombre que así se la lleva el viento de una noche? Mi ventura se fue con las hojas de los árboles el año pasado, ¡ahí están los árboles otra vez llenos de hojas!, yo les pregunto: ¿qué hicisteis de mi salud y de mi alegría?, pero ellas se mecen alegremente al son del viento y si alguna respuesta percibo en su confuso murmullo es un acento que me dice: «El árbol del corazón no tiene más que unas hojas y cuando llegan a caerse se queda desnudo y yerto, como la columna de un sepulcro».
-Hija mía -respondió el anciano-, ¿te acuerdas de que el Señor hizo brotar una fuente de las entrañas de una peña para que bebiese su pueblo? Cómo dudas, pues, de su poder y su bondad. ¿Te sientes peor?... Esta mañana no te he visto pasear por los jardines como otras veces...
-Sin embargo -contestó ella-, ya puedo andar un buen trecho sin el apoyo de Martina, y suelo dormir alguna que otra hora de la noche. Espero en Dios que mi mejoría será mayor cada día y que pronto sanaré de los males del alma y del cuerpo.
La cuitada se acordó de que su padre la escuchaba y volvió a su sistema de generoso fingimiento, pero tan lejos estaba de decir lo que sentía, que sin poderlo remediar terminó con un suspiro aquellas consoladoras palabras. El anciano le dirigió una mirada tan triste como penetrante y, al cabo de un corto rato en que guardó silencio, le dijo con acento sentido:
-Beatriz, hace tiempo que estoy viendo tus esfuerzos, pero tú no sabes que cada uno es un dardo agudísimo que me traspasa el corazón. ¿De qué me sirven esas apariencias vanas?... ¡Tú sí que te empeñas en deshojar la planta de mi arrepentimiento y en quitarme hasta la esperanza de sus frutos! Vuelve en ti, hija mía, y piensa que tú eres la única corona de mi vejez para desechar esos pensamientos que son una reconvención continua para mí.
-¡Oh, padre mío! -respondió la joven echándole los brazos al cuello-, no se hable más de mis locos desvaríos, que no siempre están en mi mano. ¿No queréis que demos un paseo por el lago?
-Óyeme todavía un poco más -respondió el anciano-, y dime todas tus dudas y recelos. ¿Qué te suspende y embebece tan dolorosamente, cuando las cartas que recibimos del abad de Carracedo nos aseguran de la justificación del tribunal de Salamanca? ¿Cómo dudas de que suelten a don Álvaro de sus votos, cuando los más sabios los dan por de ningún valor ni obligación?
-Dudo de mi dicha por ser mía -contestó doña Beatriz-, y porque es don Álvaro demasiado poderoso y de altas prendas para no infundir recelo a sus enemigos.
¿No sabéis también cuánto se afana el infante don Juan porque los templarios sufran aquí la misma suerte que en Francia? Harto justos son mis temores. Este pleito ruidoso me trae sin mí, y aun las escasas horas de sueño que disfruto me las puebla de imágenes funestas. El otro día soñé que don Álvaro estaba en medio de una plaza, atado a un palo y cercado de leña, y el pueblo que le miraba, en vez de darse a su ordinaria grita, lo contemplaba mudo de asombro. Tenía vestido el hábito blanco de su orden, y en su semblante había una expresión que no era de este mundo. De repente la leña se encendió y el inmenso concurso soltó un grito, pero yo le veía por entre las llamas, y estaba con su ropa cada vez más blanca y su semblante cada vez más hermoso. Por fin, empezaron a tiznarse sus vestidos y a alterarse sus facciones con el dolor, y clavando en mí los ojos me dijo con una voz muy alta y dolorosa: ¡Ay, Beatriz, estas habían de ser las luminarias de nuestras bodas! Yo entonces, que había estado como de piedra, me encontré ágil y de repente corrí a él para desatarle, pasando por en medio de las llamas, pero apenas lo hube logrado cuando los dos caímos en la hoguera. Entonces me desperté temblando como una hoja, bañada en sudor frío y con un aliento tan ahogado que pensé que iba a morir. Por eso me notáis algo más de tristeza y abatimiento hoy que otras veces, pero la suerte me hallará para todo prevenida.
Don Alonso conoció que todas sus razones servirían de poco en aquella ocasión; así pues, al cabo de un rato de silencio, dijo presentando la mano a su hija:
-La tarde está muy hermosa y bien decías antes que era preciso aprovecharla.
La joven se levantó prontamente y, apoyándose en el brazo de su padre, bajó con él hasta el embarcadero donde les aguardaba una ligera falúa con jarcias y banderolas de seda con las armas del Temple. Entraron en ella y tres mozos del país, empuñando los remos, comenzaron a bogar reciamente, mientras la airosa embarcación se deslizaba rápida y majestuosamente dejando tras sí un largo rastro, en el cual los rayos del sol parecían quebrarse en mil menudas chispas y centelleos.
Martina se había quedado en la quinta, y meneando la cabeza, y con ojos no muy alegres, seguía la falúa en que su señora, cubierta con una especie de almalafa blanca muy sutil, que se mecía al son del viento, y con los cabellos sueltos parecía una nereida del lago. La pobre muchacha, que con tanto amor y discreción la había servido y acompañado, no acertaba a verse libre de zozobra y ansiedad, pues, como la más cercana a doña Beatriz, mejor que nadie conocía su estado. En realidad, antes se había mejorado que decaído su salud, pero bien sabía las mortales congojas que le costaba la incertidumbre en que vivía por la suerte de don Álvaro, y que los vislumbres todos de su esperanza de ella pendían principalmente. Por otra parte, como la tristeza es harto más contagiosa que la alegría, la buena de Martina había perdido no poco de su belleza y donaire, y hasta el brillo de sus ojos azules se había amortiguado algo.
Sucedió, pues, que cuando más embelesada estaba en sus ideas, unos pasos muy pesados que sintió detrás le hicieron volver la cabeza, y se encontró nada menos que con vuestro antiguo conocido Mendo, el caballerizo que venía muy apurado y con la misma cara que en otro tiempo le vieron poner nuestros lectores cuando fue a noticiar a su ama en el soto de Arganza la llegada del templario y de su compañero. Martina, que desde aquella ocasión le había mirado con algo de ojeriza y mala voluntad, le recibió con impaciencia y ceño.
-Martina, Martina -le dijo con gran prisa-, algo debe de haber de nuevo, porque desde la torre he visto asomar gente por lo alto de la cuesta de Río Ferreiros.
-Vamos allá -respondió ella con despego-; siempre será una embajada como la de antaño. ¿Qué tenemos con la gente que venga? ¿No vienen todos los días de mercado aldeanos de Ponferrada?
-¡Qué aldeanos ni qué ocho cuartos, mujer! -respondió él con su acostumbrada pachorra-, ¡si he visto yo los pendoncillos de las lanzas y el sol que les daba en los cascos y no se podía sufrir! Dígote que son hombres de armas, y que algo de nuevo traen.
-Pues harto mejor harías en haber ido a esperarlos, y volver corriendo con la noticia -replicó Martina, que no gustando de la compañía, se hubiera deshecho de ella con gran satisfacción.
-De buena gana me hubiera ido -dijo él-, pero el vejete de Nuño se empeñó hoy en salir en el Gitano, que es el caballo que a mí me gusta, y me quedé. Vedlo, allí va -añadió señalando el lugar de la orilla por donde el cazador iba con su caballo-, ¡y qué aires tan altos y sostenidos!, y qué maestría en el portante. ¡Calla!, ¿pues qué le ha dado al viejo que así lo pone al galope sin necesidad, como si fuera su jaca gallega?...
Quedóse entonces el palafrenero con la boca abierta y siguiendo con los ojos la carrera de su palafrén predilecto hasta que, soltando un grito, exclamó con una impetuosidad que le era totalmente extraña:
-¡Ahora sí!, ahora sí que son ellos; míralos allá, Martina... Allá abajo, las encinas, a la entrada del pueblo..., ¿no los ves?
-Sí, sí, ya los veo -respondió la muchacha, que era toda ojos en aquel momento-. Pero ¿qué traerán?
-¿Qué sé yo? -respondió Mendo-. ¡Toma! ¡Toma!, pues si casi todo el pueblo de Carucedo está allí. Oye, oye, cómo gritan y cómo brincan los rapaces y aun los mozos... Pues señor, algo alegre tiene que ser por fuerza.
-Pero válgame Dios, ¿y qué podrá ser? -volvió a preguntar la muchacha, poseída de curiosidad.
-Ahora llega Nuño y habla con ellos. ¡Por Santiago, que el viejo se ha vuelto loco!, ¿no has visto cómo ha tirado el gorro al alto?..., ahora todos hacen señas a la falúa de los amos..., allá va..., ¡cuerpo de Cristo, y qué gallardamente reman!..., pues no tienen poca prisa los que aguardan..., ¿has visto tal grita y tal manotear?
La embarcación iba acercándose, en efecto, rápidamente a las señas y voces de aquel animadísimo grupo de gentes de todas edades y sexos, sobre los cuales se veían descollar algunos hombres de armas a caballo; sin embargo, la velocidad de la falúa no correspondía a la impaciencia de Nuño que, picando de ambos lados su generoso corcel, se metió al galope por el lago adelante levantando una gran columna de agua con la que debía de mojarse hasta los huesos, y excitando la furia de Mendo que echando un voto y amenazando con el puño cerrado, dijo con una gran voz:
-¡Ah, bárbaro silvestre y bellacón!, ¿así tratas tú a la alhaja mejor de la caballeriza? ¡Por quien soy, que no tienes tú la culpa, sino quien pone burros a guardar portillos! ¡Para mi alma, que si otra vez te vuelves a ver encima de él, que me vuelva yo moro!
-Mal año para ti y para todos tus rocines exclamó enojada Martina-, calla, a ver si podemos oír algo, y déjame ver, de todas maneras, lo que pasa.
El generoso corcel, obediente y voluntario como suelen ser todos los de buena raza, llegó nadando gallardamente con su jinete hasta el borde de la falúa, y allí Nuño, gesticulando con vehemencia, dio su mensaje, que tanta prisa le corría. Doña Beatriz, que se había puesto en pie para escucharle y cuya forma esbelta y agraciada con su vestido blanco se dibujaba como la de un cisne sobre la superficie azulada del lago, levantó los brazos al cielo y enseguida se hincó de rodillas con las manos juntas como si diese gracias al Todopoderoso. Su padre fuera de sí de alborozo corrió a abrazarla estrechamente; enseguida, metiendo la mano en una especie de bolsa que traía pendiente de la cinta, sacó una cosa que entregó a Nuño, y éste, volviendo a la orilla con gran prisa, comenzó a distribuir entre los aldeanos el bolsillo de su señor que, como presumirán nuestros lectores, era lo que acababa de recibir. Con esto crecieron las aclamaciones y vítores mientras la falúa ligeramente se dirigía a las encinas, donde el señor de Arganza, saltando en tierra y abrazando a uno de los recién venidos, le hizo embarcar con él y su hija que también se adelantó a darle la mano. Los demás, precedidos de Nuño, se dirigieron al galope a la quinta, seguidos durante un rato de toda la chiquillería de Carucedo que gritaban a más y mejor.
Martina, que con los ojos arrasados en lágrimas había visto aquella escena, cuyo sentido no tardó mucho en comprender, exclamó entonces:
-Gracias mil sean dadas a Dios, porque los templarios han sido absueltos, y ya nada tenemos que temer por el generoso don Álvaro. Pero, ¿qué haces ahí, posma? -le gritó a Mendo que se había quedado como lelo-, ¿no ves que ya están llegando? Anda a habilitar las caballerizas.
No le pesaba al rollizo palafrenero de la absolución de don Álvaro, porque, desvanecidos como el humo sus proyectos de servir a un conde con la muerte del de Lemus, creía que ninguno podía haber más honrado para reemplazarle que el señor de Bembibre, pero no estaba en esto la dificultad, sino en que, como amo y criado, venían a ser a sus ojos una misma persona, y él no había cedido en sus amorosos propósitos respecto a Martina, veía dar en el suelo toda la fábrica de sus pensamientos con semejante desenlace. Así fue que, aguijoneado tan vivamente por la muchacha, bajó la escalera diciendo entre dientes:
-Pues, señor, con que el zascandil de Millán vuelva y con que el Gitano coja un muermo con la mojadura que no se lo quite en medio año de encima, medrados habemos quedado.
Martina, por su parte, bajó también aceleradamente al embarcadero, donde a poco saltó en tierra su señora en compañía de su padre y de aquel portador de buenas nuevas, que no era otro sino nuestro buen amigo Cosme Andrade.
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Publicado: Vie Oct 05, 2007 10:51 pmAsunto:
Capítulo XXXIV
El honrado montañés que vio tan bien terminada la causa de los templarios a despecho del encono que los Castros abiertamente y el infante don Juan y otros señores con sordos manejos habían manifestado contra aquella esclarecida orden, determinó volverse a su Cabrera, de donde faltaba hacía ya más tiempo del que hubiera deseado. Como la situación de los caballeros después de la ocupación de sus bienes era tan precaria, volvió a las instancias y ofertas que ya en Ponferrada había hecho al comendador, pero con más ardor que nunca, ponderándole con su sencilla efusión el gran contento que recibiría su mujer con su vista, el favor que le haría en enseñar a sus hijos los ejercicios de los guerreros, lo mucho que se divertiría con sus cazas, y sobre todo la paz y veneración que le rodearían por todas partes. El anciano se mantuvo inflexible como quien ha formado una resolución que todo el poder del mundo no bastaría a destruir, y así el buen hidalgo hubo de hacer sus preparativos de viaje sin que se le lograra aquel vivo deseo.
Cuando llegó el día de la separación, los caballeros todos salieron a despedir a Cosme a las afueras de Salamanca para darle un público testimonio de lo agradecidos que quedaban a su noble comportamiento. Paga escasa en verdad, si no la realzara y diera tan subido precio la sincera voluntad que la dictaba, porque nadie se había arrojado a la defensa del Temple con tanto valor como aquel sencillo montañés, ni hubo testimonio que tanto peso tuviese como el suyo en el ánimo de aquellos santos varones.
La nobleza de su alma se descubrió bien a las claras cuando casi sólo se arrestó a sostener el choque de la opinión embravecida en aquel siglo supersticioso, y sin vacilar se puso a luchar cuerpo a cuerpo con el poderoso linaje de los Castros.
Cualquiera que fuese la prevención y odio con que miraban a aquella caballería, como los rasgos generosos tienen un no sé qué de eléctrico, poco tardó en ganar la mayor parte de los corazones; así fue que salió de Salamanca colmado de elogios y favores de todas clases.
Llegó, por fin, el instante de la partida, y entonces el maestre, después de haberle dado las gracias en unos términos que el buen montañés no parecía sino que estaba a la vergüenza, según el vivo color que a cada momento le encendía las mejillas, le regaló un caballo de casta árabe y de hermosísima estampa, ricamente enjaezado. Bien hubiera querido él excusar el regalo, pero no fue posible atendida la fina y delicada muestra de gratitud de aquellos guerreros. Antes de montar a caballo, sin embargo, todavía llamó aparte a Saldaña, y con las lágrimas en los ojos le volvió a rogar que se fuese con él a Cabrera, cosa que él rehusó, pero no sin cierto enternecimiento que no estaba en su mano sofocar. Por fin, después de muchos abrazos y aun lágrimas, subió el montañés en su nueva cabalgadura y se alejó de la noble Salamanca, acompañado de unas cuantas lanzas del abad de Carracedo que volvían al Bierzo.
Comoquiera, las alegres nuevas de que era portador casi disiparon del todo el disgusto de la separación, porque las cartas que llevaba para el señor de Arganza del venerable religioso, y los sucesos que como testigo presencial podía contar, era cosa averiguada que derramarían la alegría en las pintorescas orillas del lago de Carucedo.
Y no se engañaba, según acabamos de ver, porque como aquellos pacíficos aldeanos sólo bienes y limosnas debían a los templarios, recibieron como la mejor fiesta del mundo la noticia de su absolución. Así fue que cuando puso el pie en tierra, después de haberle acogido con los brazos abiertos el señor de Arganza y de haber visto entre las suyas la mano delicada de aquella dama a quien sus pesares y dolencias no habían podido despojar de su singular atractivo y hermosura, no sabía el buen cazador lo que le pasaba, ni cabía en sí de puro ancho.
Como ya declinaba el sol cuando el encuentro y sucesos que de referir acabamos, don Alonso no rompió la nema de los pliegos hasta llegar a la quinta.
El virtuoso abad le daba cuenta en ellos de varios pormenores del juicio y de la sentencia, le recomendaba eficazmente a Andrade y concluía diciéndole que, atendido el espíritu de los padres del concilio, estaba casi cierto de que darían por libre a don Álvaro de todos sus votos. La carta concluía con algunas reflexiones llenas de unción y de consuelo, vivo traslado de la caridad que se abrigaba en aquella alma, a pesar de la notable adustez de su carácter.
Encargar festejos y toda clase de finezas para el portador de semejantes nuevas era trabajo de todo punto excusado, además que don Alonso estimaba cordialmente a aquel hombre, dechado de honradez y de virtudes antiguas.
Así fue que, en los días que permaneció en la quinta, no cesaron las funciones de caza y pesca, los banquetes y las danzas. Sin embargo de todo, el montañés, que nunca había hecho ausencia tan larga de su casa, anhelaba extraordinariamente volver a ver la cara de su mujer y los enredos de sus hijos; por lo cual, al cabo de una semana, se despidió de su noble huésped y de su interesante hija, para volverse a sus nativas montañas. Doña Beatriz le regaló unas preciosas ajorcas de oro y pedrería para su esposa, y don Alonso le hizo presente de un hermoso tren de caza, con una cometa primorosamente embutida en plata. Además, para mayor honra, le acompañó un buen trecho de camino, al cabo del cual se separaron haciéndose las más cordiales protestas de amistad y buena correspondencia.
En su alma era donde encontraba Andrade el mejor galardón de sus acciones, pero no dejaba de ser uno y bien halagüeño la afición que con ellas había logrado despertar en todas las almas bien nacidas.
Mezclábase también a estos sentimientos un poco de vanidad por haber venido a ser el héroe de aquellos sucesos, por manera que el respeto antiguo con que entre los suyos era mirado, subió de punto y aun llegó a pasmo y admiración.
Después de esta peripecia pasó doña Beatriz del extremo de la ansiedad y del dolor al de la esperanza y alegría. No sólo veía a su amante honrado y absuelto, sino libre de sus votos, volviendo a sus pies más rendido y enamorado que nunca y abriendo como la aurora las puertas de la luz al día resplandeciente y eterno de su amor. Desde entonces parecía que un nuevo germen de vida discurría por aquel cuerpo debilitado y lánguido, y que sus ojos recobraban poco a poco la serenidad de su mirada. Sus mejillas comenzaron a colorearse suavemente, y en todos sus discursos se notaba que la confianza había vuelto a introducirse en su alma. Locos extremos, sin duda, en que más parte tenía el deseo de su corazón que la realidad de las cosas, puesto que la suerte de don Álvaro estaba todavía pendiente del fallo de un tribunal, y que ni la razón ni la religión aconsejan que se ponga tanta fe en la inestabilidad de los negocios humanos.
Los que contaban con la condena y castigo de los templarios, que era la corte de Castilla y la mayor parte de sus ricos hombres, aunque estaban apoderados de sus bienes y aun de sus personas, volvieron a sus recelos y temores no bien los vieron absueltos y dados por libres los cargos que se les imputaban. Por lo mismo redoblaron su diligencia y esfuerzos para que los tristes pedazos de aquel ilustre cuerpo, como los de la serpiente fabulosa, no pudieran volver a juntarse y soldarse para tomar a la vida. Desconcertada su acción y secuestrados sus bienes, el medio más eficaz de reducirles al último abatimiento era privarles de aquellas alianzas, escasas en número a la verdad, pero por lo mismo sinceras, a cuya sombra pudieran intentar su restauración; y cuando a tanto no alcanzaran, debilitar por lo menos todo lo posible a los señores que les quedaban amigos para hacerlos menos temibles.
En tan fatal coyuntura se ofrecía a la resolución del tribunal el asunto de don Álvaro. Aunque todos sabían que la amargura del desengaño era la que le había llevado a la soledad del claustro, no por eso dejaban de conocer que, habiendo pronunciado sus votos voluntariamente, cualquiera que fuesen las cualidades de que en su origen adolecían, nunca faltaría a la fe jurada a sus hermanos. Claro estaba, por consiguiente, que si quedaba suelto de las ligaduras religiosas y volvía a ser señor de sus bienes en un país donde el Temple había echado tan hondas raíces, podían amagar grandes peligros, y mucho más si al cabo llegaba a entroncarse con la poderosa casa de Arganza.
Como don Álvaro, por otra parte, no había querido apartar su causa de la de su Orden, ni aun a trueque de la felicidad con que le brindaba, más que el abad de Carracedo, y sus amigos, su propio corazón, de imaginar era, que no bien se le deparase la ocasión, trataría de volver por el honor de los suyos y de reparar la injusticia cometida con ellos.
Muy común es aborrecer a quien sin causa se agravia, porque su presencia es un vivo reproche y sañudo despertador de su conciencia, y por esta razón, sin duda, miraba el infante don Juan a don Álvaro con sangriento rencor. Cuánto, pues, no debieron crecer sus inquietudes cuando vio la posibilidad de que de nuevo se anudase aquel lazo que ya antes había roto con el enlace del conde de Lemus, y que entonces parecía traído por una mano invisible. Desde el día mismo de la sentencia volvió a sus cábalas y maquinaciones, procurando torcer el ánimo de los obispos para que declarasen templario a don Álvaro, y como tal sin absolverle de ninguno de sus votos le sujetasen a la final determinación del Sumo Pontífice. Con esto se lograba que, continuando sus bienes en secuestro, perdiese aquella insigne milicia la esperanza de mejorar su causa al abrigo de un señor poderoso y valiente, mientras el tiempo y el decaimiento a que habían venido acababa de todo punto con su lustre y prestigio. Sólo de esta suerte podía descansar su codicia acerca del fruto que pensaba sacar aquel rico botín.
Con grandes obstáculos tenía que luchar, sin embargo, y no era el menor de todos ciertamente ser él quien tan solícito se mostraba en semejante fallo, porque su reputación no podía andar más despreciada y abatida, aunque se abrigase de la majestad y pompa del rey su sobrino. Por otra parte, las candorosas declaraciones de don Álvaro que viendo ya a salvo el honor y aun la vida de sus hermanos, había acallado, por fin, los generosos escrúpulos de su honor; las cartas del infante a don Juan Núñez en que se revelaba la negra trama de Tordehumos, los esfuerzos de este buen caballero, sinceramente arrepentido y deseoso de enmendar su anterior conducta, y el noble desprendimiento de Saldaña que, a trueque de favorecer al señor de Bembibre, no vaciló en acusarse de haber ejercido coacción en el maestre para su admisión en la orden, eran contrapeso más que suficiente a las intrigas y maquinaciones de aquel mal caballero. No era la cuestión de gobierno y buena política la sometida a la sensatez de los prelados de Castilla y Portugal, sino la justicia estricta y rigurosa, y así, desde luego, manifestaron su resolución de favorecer a don Álvaro. En tan robusto fundamento descansaban las esperanzas del abad de Carracedo y las seguridades, temerarias sin duda, de doña Beatriz.
Desgraciadamente, no estaba del mismo modo de pensar el inquisidor delegado del Papa, y sin su ayuda mal podía ponerse el sello a la ventura de aquellos desdichados amantes. Arrastrado por el rey de Francia, según ya dijimos, entró Clemente en la persecución de los templarios; la política más que el encono le mantuvo en aquella senda, indigna de la majestad pontificia, y atendiendo a ella más que a otra cosa, sus legados salieron bien penetrados de sus instrucciones y decididos a llevar a cabo sus intentos. Viendo, pues, Aymerico que los padres de Salamanca, puesta la mirada únicamente en la justicia, se inclinaban a pronunciar la nulidad de los votos de don Álvaro, y ocupado de los mismos temores que el infante don Juan, comenzó a suscitar estorbos a la decisión del concilio. No le valieron, sin embargo, sus astucias; así es, que pasado poco tiempo, hubo de recaer fallo sobre este incidente del gran proceso del Temple.
La sentencia declaró a don Álvaro libre de los votos de obediencia y pobreza, únicos que le ligaban a la orden, y le restituyó todos sus bienes y derechos, pero no pudo coronar la obra de virtud de aquellos piadosos prelados. El voto de castidad y pureza, atadura la más fuerte de todas, quedaba sujeto a la jurisdicción especial del legado pontificio, pues cualquiera que fuese la nulidad de los otros, al cabo todos se referían a un orden de cosas ya finado o suspenso por lo menos, al paso que éste, como de obligación absoluta y puramente individual, no estaba sujeto a tiempo ni circunstancias, habiendo sido pronunciado voluntariamente.
Semejante explicación, como otras muchas que se fundan en una mezquina y farisaica explicación de las leyes, tenía mucho más de escolástica y teológica que de caritativa y benéfica, porque el ningún valor esencial de la profesión de don Álvaro mal podía fortalecer ninguna de las obligaciones con ella contraídas, y por otra parte, ningún empleo más noble podía buscarse al poder de la religión que remediar los daños de la iniquidad y perfidia. Por dado que fuese el siglo aquel a sutilezas de escuela, de tanto bulto eran estas razones y tan acomodada por otra parte la solicitud al espíritu del Evangelio, que los obispos todos con el mayor encarecimiento rogaron al inquisidor que, en uso de sus facultades extraordinarias, rompiese la última valla que se oponía a la felicidad de dos personas tan dignas de estimación y de respeto por sus desventuras y por su elevado carácter, agradeciendo así las hazañas de don Álvaro en Andalucía y Tordehumos, y librando a un tiempo de su final ruina a dos linajes esclarecidos y antiguos.
Cabalmente, estas razones eran las que más desviaban al inquisidor de otorgar la demanda, pues no habiendo sido poderosa su influencia a estorbar la declaración que restituía a don Álvaro a la clase de señor independiente, el único medio que tenía de disminuir su poderío era impedir aquel enlace deseado. Tan cierto es que la mano de la política, y la razón de estado sin escrúpulo, trastornan las esperanzas más legítimas y se burlan de todos los sufrimientos del alma.
Perseverante, pues, en su propósito, desoyó Aymerico no sólo las reclamaciones del abad y de los prelados, sino los ruegos de una gran porción de señores que, guiados por don Juan Núñez de Lara, y llenos de afición a don Álvaro, emplearon todos sus esfuerzos en allanarle el camino de su felicidad. Recayó, pues, brevemente la sentencia dando por válido y obligatorio el voto de que se trataba hasta que el Sumo Pontífice, en el concilio general que debía celebrarse en Viena del Delfinado, determinase lo más justo.
El inquisidor, por su parte, para dulcificar algún tanto la amargura de este fallo, ofreció interponer sus buenos oficios con la corte romana, para la resolución definitiva de este asunto que en conciencia no había podido zanjar favorablemente, según decía. Ninguno se dejó engañar, sin embargo, porque acudiendo al concilio de Viena casi todos los obispos de la cristiandad, y habiendo de verse en él las piezas innumerables del inmenso proceso del Temple, no había imaginación que le viese el término, ni esperanza que hasta su fin pudiese llegar.
Muy general fue la pesadumbre que ocasionó semejante desenlace, pero la del abad, del maestre, de Saldaña y don Juan Núñez de Lara fue grandísima y sobremanera amarga, aunque dictada por tan distantes motivos. Mucho le pesaba al buen religioso de ver así malogrados sus afanes, y a los ancianos caballeros asistir a los funerales de la última esperanza de don Álvaro, pero en Lara se mezclaba al dolor el más vivo remordimiento, y de todos ellos era quizá el más digno de compasión.
Por lo que hace a aquel desventurado joven, no se le oyó más que una queja, la de ver definitivamente separada su suerte de la de los templarios cuando acababan de romper el último talismán que podía hacerle agradable el poder y los honores. Desde entonces hasta el día en que hubo de dar la vuelta al Bierzo en compañía del abad no volvió a pronunciar una sola palabra sobre su suerte, pero en aquella ocasión, y sobre todo al despedirse de Saldaña, soltó la compresa a su dolor, y maldijo mil veces del sino que había traído al mundo. El anciano le consoló como pudo, exhortándole a la fortaleza, y poniéndole delante la inmensidad del porvenir con que le brindaba su juventud. Tanto él como el maestre y casi todos los caballeros quedaban en calidad de reclusos esparcidos en monasterios y conventos apartados hasta la resolución del Papa; así pues, don Álvaro, después de haber recibido la bendición de su tío y los abrazos de Saldaña y de sus compañeros, salió de Salamanca con el abad de Carracedo, desamparado y triste como nunca. Después de tantos desengaños y severas lecciones, al cabo de tantos vaivenes dentro de su propio corazón y en los revueltos caminos del mundo, la luz de la esperanza sólo podía iluminar dudosa y turbiamente las tinieblas de su alma. No se le ocultaba el estado de doña Beatriz y el terrible golpe que con el último suceso iba a recibir, y contra aquel presentimiento, contra aquella voz interna, se estrellaban todos los consuelos y reflexiones del abad; bien es verdad que los mismos temores y zozobras asaltaban el alma del anciano y privaban a su voz de aquel acento de seguridad tan necesario para comunicar el valor y la confianza. El viaje, por consiguiente, fue muy desabrido y silencioso.
Había pensado el monje presentarse, desde luego, en la quinta de Carucedo y preparar por sí mismo a doña Beatriz para la dura prueba a que volvía a sujetarle la suerte, pero, mejor mirado todo, juzgó más prudente detenerse a descansar en Bembibre, y desde allí escribir a don Alonso todo lo ocurrido.
Habíase adelantado Millán a la impensada nueva del regreso de su amo, y todo Bembibre salió a su encuentro, pues ni un sólo día habían dejado de rezar por su feliz y pronta vuelta, ni echar de menos su autoridad paternal. Don Álvaro procuró corresponder como siempre a aquellas sencillas muestras de aprecio, pero nadie dejó de observar con disgusto cuán mudado estaba con los pesares el semblante de su señor. La guarnición que en nombre del rey ocupaba el castillo lo dejó al punto en manos de su legítimo dueño, y un buen número de los soldados que habían acompañado a don Álvaro a la expedición de Tordehumos se apresuraron a guarnecerlo. En una palabra, el día entero y aun alguno de los posteriores se pasaron en danzas y regocijos de todas clases, pues todo había vuelto en Bembibre a su antigua alegría. ¡Todo menos el corazón de su señor!
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Publicado: Vie Oct 05, 2007 10:51 pmAsunto:
Capítulo XXXV
Las esperanzas de doña Beatriz venían a ser con tan raros sucesos como las flores del almendro que, apresurándose a romper su capullo a las brisas de la primavera, y abriendo su seno a los rayos del sol, desaparecen en una sola noche al soplo mortífero de la helada. Su alma cansada de sufrir y su salud postrada a los embates del dolor, no bien sintieron flojas las rigurosas ataduras, cuando se abalanzaron ardientemente a la fuente del bien y la alegría, para templar su hidrópica sed, bien ajenas de encontrar el acíbar de nuevas tribulaciones, donde tan regalada frescura y suavidad se imaginaban.
No era muy del agrado del cuerdo don Alonso aquella imprudente seguridad en que se adormecía su hija, pero gracias a ella sus fuerzas se restauraban tan visiblemente y hasta su memoria parecía purificarse de los pasados trágicos recuerdos de tal modo que no tenía valor para destruir aquel hermoso sueño que le libraba de su más terrible recelo.
El anciano médico de Carracedo se manifestaba sumamente satisfecho del sesgo que la enfermedad iba tomando, y como las noticias que de Salamanca llegaban sólo traían anuncios de un porvenir próspero, nada había que detuviese la naturaleza en su benéfico movimiento.
Había entrado de lleno la primavera y su influjo contribuía también poderosamente al alivio de la enferma, pintando en su imaginación las risueñas escenas de aquellos contornos y regalando su pecho con su amoroso ambiente. Aquel cuadro ganaba cada día en belleza y amenidad, y en él encontraba el alma tierna y apasionada de doña Beatriz un manantial inagotable de dulcísimas sensaciones.
Una mañana que, unas veces a pie y otras embarcada, había recorrido con su padre y su doncella gran parte de las orillas del lago, se recostó, por último, al pie de un castaño para descansar un poco de su fatiga. Arrullaba tristemente una tórtola en las ramas de aquel árbol; un leñador, descargando recios golpes con su hacha en el tronco de un acebuche no muy distante, acompañaba su trabajo con una tonada muy dulce, y en el medio del lago, menudamente rizado por un vientecillo ligero, se balanceaba una barquilla con un solo aldeano. El cielo estaba puro; el sol recién salido alumbraba con una luz purísima el paisaje, y únicamente en un recodo algo más sombrío de aquella líquida llanura una neblina azul y delgada parecía esconderse de sus rayos.
Los tres guardaban silencio como si temiesen interrumpir con sus palabras la calma de aquel hermoso espectáculo, cuando un resplandor que venía del lado de Carucedo dio en los ojos de don Alonso, y fijándolos con más cuidado en aquel paraje, vio un hombre de armas que al trote largo se encaminaba hacia ellos, y cuyo almete y coraza heridos por el sol despedían vivos fulgores. Hacía días que no recibía noticias de Salamanca el noble señor y al punto juzgó que aquel hombre vendría enviado del abad.
El forastero, que vio la falúa atracada a corta distancia y el traje y apostura del grupo que estaba al pie del castaño, se encaminó hacia ellos en derechura, y apeándose ligeramente, presentó a don Alonso un pliego con las armas de Carracedo. Abriólo rápidamente, y a los pocos renglones que hubo leído se le robó el color de la cara, comenzaron a temblarle las rodillas, y como si fuese a perder el conocimiento se apoyó contra el tronco del árbol y dejó caer el papel de las manos. Doña Beatriz entonces, veloz como el pensamiento, se arrojó al suelo y recogiendo la carta se puso a leerla con ojos desencajados, pero su padre, que al ver su acción pareció recobrarse enteramente, se arrojó a ella para arrancársela de las manos diciéndole a gritos:
-¡No lo leas!, ¡no lo leas, porque te matará!
Pero ella, desviándose a un lado, sin separar sus ojos del fatal pliego, y cebada en sus renglones, llegó a un punto en que lanzando un tremendo gemido, cayó sin sentido en brazos de su fiel doncella. El mensajero acudió al punto a su socorro y los remeros hicieron lo mismo saltando en tierra, pero ya don Alonso y Martina la habían reclinado de nuevo al pie del árbol sentándose ésta en el suelo y teniendo en su regazo la cabeza de su señora. Entonces comenzaron a rociarle el rostro con agua que traían del lago en un búcaro, y a administrarle cuantos remedios consentía lo impensado del lance, pero inútilmente, porque no volvía en sí ni cesaba una especie de respiración sonora y anhelosa que parecía hervir en lo más profundo de su pecho. De cuando en cuando exhalaba un ¡ay! profundísimo y llevaba las manos al lado del corazón, como si quisiese apartar un peso que la abrumaba, mientras un copioso sudor corría de su frente y humedecía todo su cuerpo.
En semejante estado se pasó un largo rato, hasta que viendo don Alonso que el accidente ofrecía serio cuidado, determinó ponerla en la falúa y volver a la quinta inmediatamente. Transportáronla, pues, entre todos con el mayor cuidado, y bogando aceleradamente poco tardaron en desembarcar en el muelle desde donde, con las mismas precauciones, la llevaron a su cama. Afortunadamente, estaba allí a la sazón el anciano físico de Carracedo que acudió al punto, y observando con gran cuidado su respiración y pulso le abrió sin perder tiempo una vena. Con el remedio comenzó a mitigarse su tremenda fatiga, y a poco abrió los ojos, aunque sin fijarlos en objeto alguno determinado y rodeando su cámara con una mirada incierta y vagarosa. Por último, recobró totalmente sus sentidos, pero presa todavía de su tremendo ataque, las primeras palabras que pronunció fueron:
-¡Aire!, ¡aire!, ¡yo me ahogo!
El religioso acudió aceleradamente a las ventanas y las abrió de par en par.
-¡Ah!, ¡todavía!, ¡todavía tengo aquí un peso como el de una montaña! -exclamó pugnando por incorporarse y señalando el lado izquierdo del pecho.
Entonces Martina, el monje y su padre la incorporaron en el lecho amontonando detrás una porción del almohadas. En esta postura recobró poco a poco algún sosiego, y el aire templado y apacible que entraba por las ventanas empezó a serenar su respiración. Entonces fue cuando el recuerdo de la escena que acababa de pasar se despertó en su memoria, y clavando en su padre sus ojos alterados y brillantes con el fuego de la calentura, le dijo:
-¿Qué se hicieron la carta y el mensajero?... ¡Dadme el papel, que todavía no le he acabado de leer!... ¿Dónde le guardáis, que no le veo?
-¡Hija mía!, ¡hija mía! -le respondió el anciano-, no me destroces el corazón. ¿Qué vas a buscar en ese malvado escrito?
-¡La carta!, ¡la carta! -repuso ella con ciega y obstinada porfía, y sin hacer caso de las razones de su padre.
-Dádsela y no la contradigáis -añadió el físico en voz baja-, porque ya no le podrá hacer más daño del que le ha hecho.
Entregósela entonces don Alonso, y ella, con extraordinaria avidez, se puso a devorarla. Esta carta, como presumirán nuestros lectores, no contenía sino lo que ya saben, pero por una fatal circunstancia distaba de la imaginación de doña Beatriz como el cielo de la tierra. Acabó, por fin, de leerla, y dejando caer entrambas manos sobre el lecho, como postrada de debilidad, dirigió una larga y melancólica mirada al paisaje que por las abiertas ventanas se descubría. Un breve espacio estuvo sumida en esta triste distracción hasta que, al cabo, lanzando un profundo suspiro, exclamó:
-Y sin embargo, mi ensueño era bien puro y bien hermoso, puro y hermoso como ese lago en que se mira el cielo como en un espejo, y como esos bosques y laderas llenas de frescura y de murmullos. No seré yo quien sobreviva a las pompas de este año. ¡Necia de mí, que pensaba que la naturaleza se vestía de gala como mi alma de juventud para recibir a mi esposo cuando sólo se ataviaba para mi eterna despedida!
-¡Y necio de mí mil veces -repuso don Alonso-, que te dejé adormecer en esa vana esperanza que podía desvanecerse con un soplo!
-¿Qué queríais, padre mío? -repuso ella con dulzura-, mis ojos se habían cansado de llorar en la noche de mis pesares, y cuando el cielo me mostró un vislumbre de felicidad, creí que duraría, porque lo había comprado a precio de infinitas amarguras. Poco siento la muerte por mí, ¿pero quién os consolará a vos, quién le consolará a él, a él que me ha amado tanto?
-Doña Beatriz -dijo gravemente el religioso-, no hace mucho tiempo que la misericordia divina os sacó de las tinieblas mismas de la muerte, y no sé cómo en vuestra piedad lo echáis en olvido tan pronto y así desconfiáis de su poder. Por otra parte, yo he leído también lo que dice mi reverendo prelado y no veo motivo para ese desaliento, cuando el inquisidor Aymerico ha prometido su ayuda para con el Soberano Pontífice a fin de que la consulta se decida favorablemente. Así debéis esperarlo.
-¡Ah, padre! -contestó ella-, ¿cómo pensáis que en el laberinto de este inmenso negocio tropiecen en la hoja de papel de que pende mi sosiego y felicidad? ¿Qué les importa a los potentados de la tierra la suerte de una joven infeliz que se muere de amor y de pesar? ¿Quién pone los ojos en el nido del ruiseñor cuando el huracán tala y descuaja los árboles del bosque?
Don Alonso, que se había sentado a los pies de la cama con la cabeza entre las manos, sumido en una profunda aflicción, se levantó al oír estas palabras como herido de una idea súbita, y poniéndose delante de su hija con ademán resuelto respondió:
-¡Yo, yo que te he perdido, yo te traeré la libertad de don Álvaro y la ventura de los dos!, yo pasaré a Francia, yo iré al cabo del mundo aunque sea a pie y descalzo y con el bordón del peregrino en la mano y me arrojaré a los pies de Clemente V. Yo le hablaré de la sangre que ha vertido mi casa por la fe de Cristo y le pediré la vida de mi hija única. Mañana mismo partiré para Viena.
-¡Vos, señor! -contestó ella como asustada-, ¿y pensáis que yo consentiré en veros expuesto a las penalidades de un viaje tan largo y en mirar vuestras canas deslucidas con inútiles ruegos sólo por esta pasión insensata que ni la oración, ni las lágrimas, ni la enfermedad han podido arrancar de mi pecho? Y luego, padre mío, considerad que ya es tarde y que a vuestra vuelta sólo encontraréis el césped que florezca sobre el cuerpo de vuestra hija. ¡No os apartéis de mí en ese instante!
-¡Beatriz! ¡Beatriz! -contestó el anciano con un acento terrible-, no me desesperes, ni me quites las fuerzas que necesito para tu bien y el mío. Mañana partiré, porque el corazón me dice que el cariño y el arrepentimiento de tu padre han de poder más que la fatal estrella de mi casa.
Doña Beatriz quiso responder, pero Martina, juntando las manos, le dijo con el mayor encarecimiento:
-Por Dios Santo, noble señora, que le dejéis hacer cuanto dice, porque me parece que es una voz del cielo la que habla por su boca, y, además, con eso le quitaréis un peso que le agobia de encima del corazón.
-Doña Beatriz -le dijo gravemente el religioso-, en nombre de vuestro padre, de vuestro linaje y de cuanto podéis amar en este mundo, os encargo que recojáis todo vuestro antiguo valor y que os soseguéis, pues semejante agitación puede dañaros infinito.
Y al acabar estas palabras se salió del aposento llevándose consigo al señor de Arganza. Separóse de él un instante para disponer una bebida con que pensaba templar la calentura de la enferma aquella noche, y enseguida volvió al lado del acongojado viejo.
-¿Cuál es vuestro pensamiento? -le preguntó.
-El de emprender la marcha al instante -le respondió don Alonso-, pero quisiera que vuestro prelado viniese a hacer el oficio de padre con mi desdichada hija, que va a quedar por algún tiempo en la mayor orfandad y desamparo. ¿Creéis que su vista no empeore su estado trayéndole a la memoria imágenes dolorosas?
-Todo lo contrario -respondió el monje-, antes es preciso amortiguar el crudo golpe que ha recibido hoy, borrándolo en lo posible de su imaginación. Así que, no sólo debe venir el abad, sino don Álvaro también y muy en breve, porque tal vez su presencia valga harto más que todos mis remedios.
-Sí, sí, sin perder tiempo -respondió don Alonso llamando con una especie de silbato de plata.
Al punto se presentó el cazador Nuño.
-¿Se ha ido ya el mensajero de Bembibre? -le preguntó su amo.
-No, señor -respondió el viejo con aire de taco-, sin duda aguardará por las albricias de las buenas nuevas que ha traído.
-No importa -respondió don Alonso-, tráele inmediatamente a mi presencia.
El criado salió murmurando entre dientes y su señor, sentándose aceleradamente en su bufete, escribió una carta muy encarecida al abad encargándole la pronta venida en compañía de don Álvaro. Justamente acababa de cerrarla, cuando se presentó el mensajero.
-Malas nuevas has traído, amigo -le dijo el señor de Arganza.
-¡Ah, señor! -respondió el hombre con el acento de la sinceridad-, harto me pesa, y si yo hubiera sabido cuáles eran, otro hubiera tenido que ser el portador.
-No importa -repuso don Alonso-, ahí tienes esas monedas por tu viaje, pero di, ¿vienes bien montado?
-Una yegua traigo más ligera que el pensamiento -respondió el correo, muy alegre de verse tan generosamente recompensado.
-Pues es preciso que pongas a prueba su ligereza para llegar a Bembibre al punto y entregar esta carta al abad de Carracedo, que si la yegua se revienta yo te dejaré escoger entre las mías la que quieras.
Sin aguardar a más salió el soldado, y desatando su cabalgadura y montando en ella de un salto salió como un torbellino por el camino de Ponferrada en donde se perdió muy en breve de vista.
A medida que fue entrando el día fue creciendo la calentura de doña Beatriz y turbándose su conocimiento. Quejábase de dolor y opresión en el lado izquierdo y de una sed devoradora; de cuando en cuando se quedaba dormida, y entonces un sudor extraordinario venía, por fin, a despertarla. En estas alternativas pasó la tarde, hasta que, entrando la noche, su respiración comenzó a ser más fatigosa y a tener ciertos intervalos de delirio, bebiendo con ansia indecible grandes porciones del cordial que la habían dispuesto.
Ni su padre ni el anciano religioso se apartaron sino muy contados instantes del aposento de la enferma, silenciosos ambos, aunque igualmente atentos, y haciendo, sin duda, las más tristes reflexiones sobre aquella vida marchitada en flor por el gusano roedor de la desdicha. A cada frase, de las varias incoherentes que se escapaban de sus labios, don Alonso se acercaba como si oyese pronunciar su nombre, pero o callaba enseguida o, después de echarle una mirada errante y distraída, se volvía del lado opuesto, unas veces lanzando un suspiro y otras sonriéndose de una manera particular. El desventurado padre se apartaba entonces meneando tristemente la cabeza, y sentándose a un extremo de la estancia volvía a sus penosas reflexiones.
Como el insomnio y la aflicción acaloraban a un tiempo su cabeza, salió en una ocasión un momento al mirador de la quinta a respirar el aire exterior. Estaba muy entrada la noche, y la luna, en la mitad del cielo, parecía al mismo tiempo adormecida en el fondo del lago. Con su luz vaga y descolorida, los contornos de los montes y peñascos se aparecían extrañamente suavizados y como vestidos de un ligero vapor. No se movía ni un soplo de aire, los acentos de un ruiseñor que cantaba a lo lejos se perdían entre los ecos con una música de extremada armonía.
El señor de Arganza no pudo menos de sentir el profundo contraste que con los tormentos de su hija única formaba la calma de la naturaleza. Acordóse entonces de la predicción del abad de Carracedo, y de tal manera se perturbó su imaginación que se sentó trémulo y acongojado en un asiento, cuando de pronto le pareció oír como a la salida del pueblo de Carucedo un ruido que instantáneamente iba aumentándose. Un rápido vislumbre que salió por acaso de debajo de las encinas excitó más su curiosidad y, observando con cuidado, vio que eran tres jinetes, dos de ellos con atavíos militares que venían costeando el lago con galope rápido y acompasado a un tiempo, y se encaminaban a la quinta. La luz de la luna, que no servía para distinguir más que los bultos, alumbró lo bastante cuando ya se acercaron para descubrir que el uno de ellos vestía el hábito blanco y negro de la orden de San Bernardo. Don Alonso no pudo contener un grito de alegría y de sorpresa, y bajando la escalera precipitadamente fue a abrir por su misma mano la puerta al abad de Carracedo, que era el que llegaba acompañado de Don Álvaro y de su escudero Millán.
-¡Ah, padre mío! -le dijo el apesadumbrado señor arrojándose en sus brazos-, no hace un instante que estaba pensando en vos. Vuestra predicción ha empezado a cumplirse de un modo espantoso, y mucho temo que no salga cierta del todo.
-No deis crédito a palabras, hijas de un ímpetu de cólera -le dijo el abad bondadosamente. Más alta que la vanidad de nuestra sabiduría está la bondad de Dios.
-¿Y vos también, noble don Álvaro? -añadió don Alonso yéndose para el joven con los brazos abiertos-. ¿De esta manera debíamos encontrarnos al cabo de tan alegres imaginaciones?
Entonces se le anudaron las palabras en la garganta, y don Álvaro, sin desplegar los labios, se apartó violentamente de él, volviendo las espaldas y metiéndose en la oscuridad para enjugarse las lágrimas de que estaban preñados sus párpados y sofocar sus sollozos. Todo quedó silencioso por un rato, si no es el caballo árabe de don Álvaro, que a pesar de la fatigosa jornada hería la tierra con el casco. Por fin, el noble huésped, sosegándose un poco, dijo a los recién venidos:
-No os esperaba hasta mañana, mis buenos amigos; pero en verdad que nunca pudo haber llegada más a tiempo.
-¿Eso creíais de nosotros? -respondió el abad-, ¡no permita el cielo que con esa tibieza acuda nunca a los menesterosos y afligidos! Desde que recibimos vuestra carta no hemos cesado de caminar con la mayor diligencia, y aquí nos tenéis. ¿Pero nada nos decís de vuestra hija?
-Hace un momento que dormía -respondió don Alonso, si sueño puede llamarse el que en medio de tanta perturbación se disfruta. Venid, acerquémonos a su aposento para que la veáis si puede ser.
Al ruido de los caballos habían acudido algunos criados, y uno de ellos, cogiendo una luz, los guió a la cámara de la enferma. Quedáronse los forasteros al dintel mientras don Alonso se informaba, pero al punto volvió por ellos y los hizo entrar.
Estaba doña Beatriz tendida en su lecho como sumergida en un angustioso letargo, y las largas pestañas que guarnecían sus párpados daban a sus ojos cerrados una expresión extraordinaria. Aquella animación que la esperanza y alegría disipadas hacía tan pocas horas habían comenzado a derramar en su rostro, todavía no estaba borrada. En su frente pura y bien delineada se notaba una cierta contracción, indicio de su padecimiento, y la calentura había esmaltado sus mejillas con una especie de mancha encendida. Sus rizos largos y deshechos le caían por el cuello blanco como el de un cisne, y velaban su seno, de manera que a no ser por su resuello anheloso y por el vivo matiz de su rostro, cualquiera la hubiera tenido por una de aquellas figuras de mármol que vemos acostadas en los sepulcros antiguos de nuestras catedrales. Todavía no habían desaparecido las huellas de los antiguos males, y las del nuevo comenzaban a marcarse profundamente, pero, sin embargo, estaba maravillosamente hermosa, no de otra suerte que si un reflejo celestial iluminase aquel semblante.
El abad, después de haberla mirado un instante, se puso a hablar en voz baja, pero con un gesto y expresión vehemente, con el religioso que la asistía, pero don Álvaro se quedó contemplándola con los ojos fijos. De repente exhaló un suspiro y luego, con una entonación fresca y purísima que participaba a un tiempo de la melancolía de la tórtola y la brillantez del ruiseñor, cantó sobre un aire del país el estribillo de una canción popular que decía:
Corazón, corazón mío,
lleno de melancolía,
¿cómo no estás tan alegre,
como estabas algún día?
Los ecos de aquella voz tan llena de sentimiento y de ternura quedaron vibrando en las bóvedas de la estancia, y como más de una vez sucede en los sueños, doña Beatriz se despertó al son de su propio canto. Don Álvaro, que vio abrirse sus hermosos ojos, como dos luceros hermanos que saliesen al mismo tiempo del seno de una nube, tuvo la bastante presencia de ánimo para esconderse al punto detrás de don Alonso y de Martina, temeroso de producir con su aparición una revolución fatal en la enferma; pero ya fuese que la acción le pareciese sospechosa, ya que su corazón le dijese a gritos quién era el que delante tenía, se incorporó en la cama con ligereza increíble, y como si quisiera atravesar con su mirada los cuerpos de su padre y de Martina para descubrir al que se ocultaba, preguntó con zozobra:
-¿Quién, quién es ese que así se recata de mis miradas?
El abad, poseído de los mismo temores, quiso hacer entonces la deshecha, y presentándose de repente le dijo:
-Es un guerrero que me ha acompañado, doña Beatriz. ¿No me conocéis?
-¿Ah, sois vos, padre mío? -contestó la joven asiendo su mano y llevándola a sus labios-, ¿pero quién sino él os acompañaría a esta casa de la desdicha? -prosiguió fijando los ojos en el mismo sitio.
La estatura aventajada de don Álvaro hacía que su casco coronado de un plumero se viese claramente por encima de la cabeza del señor de Arganza.
-¡Él es!, ¡él es! -exclamó doña Beatriz con la mayor vehemencia-, ese es el mismo yelmo y el mismo penacho que llevaba en la noche fatal de Villabuena. ¡Salid, salid, noble don Álvaro! ¡Oh, Dios mío, gracias mil, de que no me abandone en este trance de amargura!
-¡Ah, señora! -exclamó él presentándose de repente, ni en la ventura, ni en la desdicha, ni en la vida ni en la muerte os abandonará nunca mi corazón.
La joven, medio turbada aún por el delirio y sin seguir más impulso que el de su corazón, se había inclinado como para echarle los brazos al cuello, pero al punto volvió en sí y se contuvo. Con la emoción se había quedado descolorida, pero entonces un vivo carmín esmaltó sus mejillas y hasta su cuello, y bajó los ojos.
-¡Cosa extraña! -dijo después de un breve silencio-, no hace mucho que soñaba que me arrebatabais del convento como aquella noche fatal y, que sin llegar al asilo que me teníais preparado, os despedíais de mí para siempre porque os íbais a la guerra de Castilla. Yo entonces me senté a la orilla del camino y me puse a cantar una endecha muy triste. Era un sueño como todos los míos, de separación y de muerte, pero he aquí que vos volvéis..., ¿cómo habrá podido serme infiel mi corazón? ¿Qué quiere decir esta mudanza?
-¿Qué ha de decir, hija mía -respondió el abad-, sino que el Señor, que te prueba, aparta ya de ti las horas malas? ¿No temblabas por la vida, por la honra y por la libertad de don Álvaro?, pues aquí le tienes libre y más honrado que nunca. Aun el único estorbo que a tu felicidad se opone desaparecerá, sin duda, muy en breve. ¿Cómo no esperas lo que todos para ti esperamos y nos afliges de esa suerte?
Doña Beatriz se sonrió entonces melancólicamente, y replicó:
-Mi pobre corazón ha recibido tantas heridas, que la esperanza se ha derramado de él como de una vasija quebrantada. Yo me las figuraba ya cicatrizadas, pero no estaban sino cerradas en falso, y con este golpe han vuelto a brotar sangre. ¡Tenga el cielo piedad de nosotros!
Volvió a quedarse todo en aquel profundo silencio que entristece, tanto como el mismo mal, las habitaciones de los enfermos, sin oírse más ruido que el de la anhelosa respiración de doña Beatriz. Ella fue la que volvió a romperlo, diciendo impetuosamente y como si sus palabras y determinación atropellasen por una gran lucha interior:
-¡Don Álvaro!, no os partáis de aquí... ¿no es verdad que os quedaréis?, ¿quién puede prohibíroslo? Yo os amo, es verdad, pero del mismo modo pudiera amaros un ángel del cielo, o vuestra madre si la tuvierais. ¡Pensad que mis palabras llegan a vos del país de las sombras y que no soy yo la que tenéis delante, sino mi imagen pintada en vuestra memoria! ¿Pero no me respondéis? Decid, ¿tendríais valor para abandonarme en este trance?...
-No, no, hija mía -repuso el abad apresuradamente, ni él ni yo nos apartaremos de tu lado hasta que tu padre vuelva de Francia con esa dispensa, prenda de tu alegría y gloria venidera.
-¿Conque perseveráis en esa penosa determinación sólo por amor mío? -exclamó ella clavando en su padre una dolorosa mirada en que se pintaban la duda y el abatimiento.
-Sí -respondió don Alonso-, mañana mismo partiré, si tú no me quitas el valor con esa flaqueza indigna de tu sangre. Ánimo, Beatriz mía, pues que en tan buena compañía te dejo, que yo espero estar de vuelta antes de tres meses con lo único que puede tranquilizar a un tiempo tu corazón y mi conciencia, la libertad de don Álvaro.
El médico hizo ver entonces que una conversación tan larga y llena de agitación podía aumentar el acceso de doña Beatriz, y después de algunas palabras de ánimo y consuelo que le dirigieron el abad y su padre, se salieron todos de la habitación, menos el anciano monje y Martina. Don Álvaro no dijo ni escuchó una sola palabra, pero los ojos de entrambos hablaron un lenguaje harto más elocuente al despedirse.
Cualesquiera que fuesen los recelos que doña Beatriz tuviese de su fatal estado, por entonces una sola idea la ocupaba, y era que no se vería privada de la vista de don Álvaro. Poco podía servir para sanar los males de su cuerpo, pero era un bálsamo celestial para su espíritu, y su influencia fue tan suave y benéfica que, como más de una vez sucede con las imaginaciones fogosas, bastó para alterar favorablemente el curso de la enfermedad y proporcionarle más descanso del que pudiera esperarse de aquella noche.